El amor perdura

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El amor perdura

Fecha de la conferencia: 23 de septiembre de 1966

El tema de esta noche es “El amor perdura”. Les hice una promesa cuando comencé: que todo lo que les digo desde esta plataforma lo sé por experiencia. No estoy teorizando. Cuando se nos dice: “El que no ama no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. El apóstol Juan no estaba especulando. Dios es amor, a pesar de todo el horror del mundo. Les digo que es verdad; lo sé por experiencia.

Otro apóstol nos dice: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y si el amor no está presente, nada soy. Puedo tener toda la sabiduría del mundo, todo el poder, todo en el mundo, pero si no tengo amor, nada soy. No hay don del Espíritu comparable al amor, y al final el amor es lo único que realmente permanecerá. Permanecerá para siempre. La fe se realizará, la esperanza se realizará; estos son atributos de Dios, pero Dios es amor. Cuando estás en presencia del Cristo resucitado, no tienes otra emoción en el mundo: es simplemente amor. Dios es amor.

Se nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero”. Estas declaraciones deben tomarse literalmente y cumplirse literalmente. Cuando ves ese templo dividirse en dos y la luz líquida dorada en la base de la columna vertebral, la absorbes como una esponja; y luego asciendes, como una espiral de relámpago hacia el cielo. “El que bebe mi sangre… yo le resucitaré en el día postrero”.

El día postrero no es un día en el futuro remoto; llega en cada momento del tiempo para el individuo. Cuando bebes la sangre viva de Dios, es puro gozo. No la absorbes con la lengua física. La miras y sabes con gozo infinito que es tu propio ser, tu Creador y Redentor; te fundes con ella y la absorbes como una esponja seca absorbe ese estanque de luz líquida dorada.

Una dama me compartió su experiencia: “Al quedarme dormida, me encontré buscando algo. Tenía que encontrar algo, pero no sabía qué era hasta que en mi mano izquierda aparecieron tres monedas. Dije en el sueño: ‘¿No deberían ser treinta piezas de plata?’. La voz respondió y dijo: ‘No, tienes las tres preciosas’. Luego, las tres fueron tomadas de mi mano, una por una. Al tomar la primera, la voz dijo: ‘Esta es la fe’; al tomar la segunda, dijo: ‘Esta es la esperanza’; al tomar la última, dijo: ‘Este es el amor’. Y luego desperté”.

Ahí está el cumplimiento de Corintios: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”. La fe un día se traducirá en visión y por tanto se cumplirá. La esperanza se realizará completamente. Pero el amor perdura para siempre.

Cuando estás en presencia del Cristo resucitado, la única pregunta que se te hace es nombrar la cosa más grande del mundo. Nombras las tres y dices: “Pero la mayor de las tres es el amor”. Y es entonces cuando el amor te abraza y te conviertes en uno con el amor; para siempre eres uno con el cuerpo del amor y no hay separación posible. Lo que Dios ha unido, nada lo puede separar.

En el abrazo del amor, aunque mis faltas estuvieran allí en ese momento como la grana, en ese mismo instante fueron emblanquecidas como la nieve. Hubo una completa absolución divina. Somos salvos por la gracia de Dios.

Se nos llama a imitar a Dios como hijos amados: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”. La iniciativa está en Dios. Nuestro amor es una respuesta; la causa es que Dios nos amó primero. Imiten a Dios como hijos amados: comiencen a amar. Si quiero una respuesta de amor, empiezo amando. Si quiero que el mundo responda con aprecio y reconocimiento, debo empezar a sentir y dar ese aprecio en mi imaginación, y escucharlo como si ya fuera un hecho.

El mundo es un eco; el mundo es solo una respuesta de lo que estás haciendo en tu imaginación. Todo el vasto mundo es uno mismo empujado hacia afuera. Enamórense de ser exitosos, enamórense de la nobleza y de la verdad, y las personas y circunstancias vendrán y lo expresarán sin esfuerzo.

Todo lo que en el mundo consideramos valioso pasará, pero el amor nunca dejará de ser, porque el amor es Dios mismo.

Entremos ahora en el Silencio.

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By Germán González